domingo, 3 de marzo de 2013

Érase que se era...


 
Érase que se era una bruja que vivió esta mañana. Sus dominios se extienden desde la Sucia Terraza hasta la Puerta Rota del Norte, y en ellos reina sin compasión ni misericordia. Parió  y amamantó a sus súbditos antes de venderlos al mundo, consiguiendo una dulce cosecha de siervos.  Por eso, porque la merece, cada día al levantarse aceita su ralo pelo negro y se coloca su corona de harapos y ceniza.
La bruja que vivió esta mañana se cruzó con vosotros, pero no la vísteis. Posee un abrigo viejo, regalo de un trapero que pena en el purgatorio; cuando se lo pone nadie mira sus ojos, donde siempre está lo que ella es. Así atraviesa la ciudad, entra en las tiendas, habla con los ancianos abandonados al sol como si fuera uno de ellos. Pero los gatos y los niños huyen y lloran.
Las brujas no son seres hermosos. No son sabias, sólo astutas. No son fuertes, sólo amargas. De todo lo que el tiempo puede dar sólo tienen la decrepitud. Por eso odian cuanto es joven y aún tiene Esperanza.
Quizá Blancaflor aún tenga esperanzas, porque sólo tiene catorce años (la bruja que vivió esta mañana corrige, “catorce años y medio”); pero pronto desaparecerán. No habrá nada para ella en el festín de este mundo, salvo la cadena que las madres han tejido con tanto esmero, que los padres han vigilado con tal fiereza desde que el mundo es mundo y las niñas sólo niñas. No habrá para ella nada salvo la ignorancia y la brutalidad de un matrimonio que se ha llevado por delante su infancia y sus sueños.
La bruja no está satisfecha con una nuera tan joven, tan inútil para la casa. Cuando su hijo la llevó el primer día le palpó los brazos y el vientre como si estuviese esperando a que engordara un poco para arrojarla al horno y comérsela. Mientras llega ese momento ha decidido que deje el colegio, que ya sabe mucho y no necesita más.

Érase que se era una bruja que vivió esta mañana.

No es nada especial, hay tantas...