“Fantasía cuenta con muchas más cosas que elfos y hadas, con más incluso que enanos, brujas, gnomos, gigantes o dragones: cuenta con mares, con el sol, la luna y el cielo; con la tierra y todo cuanto ella contiene: árboles y pájaros, agua y piedra, vino y pan, y nosotros mismos, los hombres mortales, cuando quedamos hechizados.” J.R.R.Tolkien
Al menos no aparece por ninguna parte en el mapa de sus ojos. Si alguna vez hubo una, simplemente se fue. Para ellos no hay ya Destino, ni Hogar al que regresar.
Vagamos por los días rodeados de aquellos que nos fueron narrados. Nos cruzamos con Ulises, que sostiene en sus manos la parodia de un periódico para pedirnos limosna a la puerta de un supermercado; que se prostituye en una rotonda bajo un paraguas descolorido. Penélope espera en algún lugar remoto tejiendo y destejiendo entre envíos de Money Gram que ya no llegan...
Los Grandes Desterrados de la Historia nos contemplan desde el penúltimo círculo de un Infierno sin fin, vestidos de andrajos.
Para ellos Ítaca ya no existe.
Desapareció de sus ojos el día en que comprendieron que no queda ningún lugar en el mundo al que volver. Saben por fin que les hemos abandonado en el desierto, descalzos, para que recorran hasta reventar las oficinas, los parques, las comisarías, las casas abandonadas, los juzgados, las estaciones de tren, las concejalías, los albergues, los despachos de caridad, los CIES, los bancos a la sombra.
Son fáciles de reconocer. Siempre llevan una hatajo de papeles mugrientos apretados contra ellos, como un bloque de cemento fraguado en torno al naufragio de su vida. Papeles que les condenan, les expulsan, les niegan medicinas y escuelas. Y al mismo tiempo, su única posesión. El grillete que les mantiene encadenados a la noria del Mundo; lo único que les recuerda que tienen un nombre, aunque no existan.
Te los enseñan, grises por las esquinas, llenos de manchas, simas sin fondo como Caribdis donde todo su ser se hundirá sin remedio; te los enseñan como si tú pudieras leer en ellos algo distinto.
Pero lo lees en voz alta y le repites, atragantándote, que ese papel dice que no existe, que no está aquí. Mañana o en días repentinos traerá ese mismo papel y te dirá de nuevo que lo leas como si el tiempo hubiera cambiado las palabras. Repites su sentencia y se marcha. Pondrá un recurso inútil, apelará a la humanidad de la rueda dentada que le está triturando. Lo hará por inercia, por desesperación, por tener algo que le obligue a seguir caminando ahora que ya sabe que sólo puede hacer eso: seguir caminando y caminando sin la esperanza de llegar.
¿Se preguntan por qué Siempre, por qué Todo, por qué a Ellos? Por qué...
Después de más de cien años sigue
leyendo sentada en su sillón de enferma, igual que aquel silencioso día en
Hastings, el dos de junio de 1854. Se lleva, cansada, la mano al rostro y un mechón de su cabello se escapa por un
momento. Tiene los pies en el escabel, y Ford Maddox Brown susurra entusiasmado
que está "... más delgada, más cadavérica, más
bella y más desmadejada que nunca".
(But wise Christina says … One face looks from
all his canvases,/ One selfsame figure sits or walks or leans…)
Hoy en Hastings el tiempo es
húmedo y tibio, la luz pone sombras de lápiz seguro y apresurado en la larga
falda, en el afilado rostro. Hoy, y ayer y mañana ella leerá y se trenzará el
pelo, o mirará absorta, adormilada, extasiada, lejana siempre. Ahí está, así la
seguimos viendo, tal y como Dante Gabriel la retrató cien y mil veces en
incontables Guggums, bocetos de belleza
increíble e instantánea. Desbordaban los
cajones de mesas y escritorios, se apilaban en los rincones, llenaban todas las carpetas
y los álbumes de esbozos pero aun hoy, cuando se venden y se compran como joyas,
no dejan de ser el patético testimonio
de una obsesión devoradora. Una
fascinación que emergió, ya tuberculosa, de la bañera donde posaba para Millais
como una Ofelia demasiado turbadora para los decentes, cuyas mentes morbosas y
obscenas la vieron obscena y morbosa. Lizzie recordaría toda su vida el pesado
traje de brocado de plata que hubo de vestir, día tras día, húmedo y pegajoso
como la mortaja que finalmente fue. Recordaría el día en que posó durante horas
cuando ya se había apagado la estufa que calentaba el agua helada, el principio
de su muerte.
(And wise Christina says… We
found her hidden just behind those screens, /
That mirror gave back all her loveliness…)
Porque, lánguida en todo, Lizzy
no se tomó ninguna prisa a la hora de morir. Lo fue haciendo a sorbos, a
pequeños pasos. En tardes de luz templada, como la de Hastings, en las mañanas
brumosas y oscuras de Londres, moría a ratos y reaparecía luego, con el largo
pelo azafranado más lleno de luz que nunca. El mismo pelo, recordaría, que hizo
exclamar a Walter Deverell "Muchachos no
creeréis que maravillosa criatura he encontrado…" Entonces, recordaba Lizzie,
vendía sombreros y era muy joven y hermosa y muy frágil. Pero sólo era
Lizzie. Sólo ella, ella misma, ni Ofelia, ni Beatriz, ni Ginebra, nila Doncella Asomada a los Balcones del Cielo.
Sólo la pequeña e ignorante
Lizzie Siddal.
(But wise Christina says …A
queen in opal or in ruby dress/ A nameless girl in freshest summer-greens,/ A
saint, an angel — every canvas means/ The same one meaning, neither moreorless...)
Sólo
Lizzie, piensa Lizzie. Pero eso fue antes, hace un esfuerzo por recordar, mucho
antes del sillón de enferma de aquel día de Junio, en Hastings; antes
delempapado disfraz, de todos los
rostros cambiantes sobre su rostro, antes de las infidelidades y de las
promesas rotas. Antes de la enfermedad, del laúdano y del brandy. Eso piensa Lizzie
y se desliza en silencio, de la vida a la muerte y a la vida de nuevo,
meciéndose. Ahora lo entiende, ya lo ha comprendido. Ya sabe que lo ha perdido
todo, hasta su nombre.
(And so,
wise Christina says … He feeds upon her face by day and night,/ And she with
true kind eyes looks back on him, / Fair as the moon and joyful as the light…)
Ni Ofelia, ni Isabella, ni
Beatriz, ni Ginebra, se sentarán con ella a acunar durante horas la cuna vacía
de la niña que no nació. No le darán la mano durante las noches de agonía, los
días eternos en los que espera su regreso. Él se va, se hunde en la feracidad
de Fanny Conforth, igual que buscará desesperadamente la inaudita y silenciosa belleza
de Jane Burden, venerará la altivez de Alexia Wilding, y sigue pintando a Lizzie. Y Lizzie escribe versos
también, como los suyos, y grita en silencio lo que sabe. “Tu arte, ese árbol envenenado que me robó la vida”, dice, grita,
bebe, acuna la niña que nunca nació. Nadie
la acompañará en las sombras en las que va a perderse, alumbrada sólo por sus
cabellos de cobre y azafrán.
(But wise Christina knows …Not wan with waiting, not with sorrow dim…)
Y
un día, al fin, reunió todos sus seres infinitos, todos los rostros que habían
borrado el suyo y los dejó atrás. Se fue al lugar donde nuestros nombres son
claros y todo se resume. Donde es ya para siempre Elizabeth Eleanor Siddall,
1829-1862.
La frágil
y altiva Lizzie, sólo Lizzie, se llevó con ella la antorcha de su pelo, lo
más vivo de su vida. Otros, El Otro, le pusieron versos manuscritos,
poemas y recuerdos como almohada. Pero ella sólo necesitaba su pelo para
alumbrar las sombras...
Cuando
años más tarde abrieron su tumba, vieron que su cabello había seguido creciendo
tras la muerte, tan dorado, espeso y hermoso que llenaba de oro el ataúd.
Como
si aún estuviese leyendo, en ese dos de junio de 1854.
(And wise Christina ends …Not as she is, but was when hope shone bright;Not as she is, but as she
fills his dream..)
Nota: una traducción aproximada del poema de Christina Rossetti, In An Artist's Studio, sería...
"Un
rostro mira desde todos sus lienzos,/ La
única y misma figura se sienta, camina o yace:/ La
encontramos oculta tras los bastidores,/ Espejos
que nos devuelven toda su gracia./ Una
reina de ópalo y rubí ataviada,/ Una
joven sin nombre en los más frescos verdes del estío,/ Una
santa, un ángel –cada lienzo repite/ El único y mismo mensaje,
nada más, nada menos./Él
devora su rostro de día y de noche, / Y
ella con ojos cálidosdevuelve su
mirada, /Bella
como la luna, como la luzalegre:/ Ni pálida de esperas, ni nublada de angustias;/
No como es, sino como ella era cuando la esperanza brillaba; / No
como ella es, sino como sacia sus sueños"
Érase que se era una bruja que vivió
esta mañana. Sus dominios se extienden desde la Sucia Terraza hasta la Puerta Rota
del Norte, y en ellos reina sin compasión ni misericordia. Parió y amamantó a sus súbditos antes de venderlos
al mundo, consiguiendo una dulce cosecha de siervos.Por eso, porque la merece, cada día al
levantarse aceita su ralo pelo negro y se coloca su corona de harapos y ceniza.
La bruja que vivió esta mañana se
cruzó con vosotros, pero no la vísteis. Posee un abrigo viejo, regalo de un
trapero que pena en el purgatorio; cuando se lo pone nadie mira sus ojos, donde
siempre está lo que ella es. Así atraviesa la ciudad, entra en las tiendas,
habla con los ancianos abandonados al sol como si fuera uno de ellos. Pero los
gatos y los niños huyen y lloran. Las brujas no son seres hermosos.
No son sabias, sólo astutas. No son fuertes, sólo amargas. De todo lo que el
tiempo puede dar sólo tienen la decrepitud. Por eso odian cuanto es joven y aún
tiene Esperanza. Quizá Blancaflor aún tenga
esperanzas, porque sólo tiene catorce años (la bruja que vivió esta mañana
corrige, “catorce años y medio”); pero pronto desaparecerán. No habrá nada para
ella en el festín de este mundo, salvo la cadena que las madres han tejido con
tanto esmero, que los padres han vigilado con tal fiereza desde que el mundo es
mundo y las niñas sólo niñas. No habrá para ella nada salvo la ignorancia y la
brutalidad de un matrimonio que se ha llevado por delante su infancia y sus
sueños.
La bruja no está satisfecha con
una nuera tan joven, tan inútil para la casa. Cuando su hijo la llevó el primer
día le palpó los brazos y el vientre como si estuviese esperando a que
engordara un poco para arrojarla al horno y comérsela. Mientras llega ese
momento ha decidido que deje el colegio, que ya sabe mucho y no necesita más.
Érase que se era una bruja que
vivió esta mañana. No es nada especial, hay tantas...
Aunque es un comienzo magistral, no es cierto. Al menos hubo
dos niños en toda la historia del mundo que no crecieron. Uno fue Peter Pan,
claro. Y el otro, James M. Barrie.
No es una exageración decir esto. El pequeño James
envejeció, pero no creció más allá del metro cuarenta y siete de estatura. Una
mañana, tan sólo un día antes de su decimocuarto cumpleaños, su hermano David
salió a patinar y ya no regresó. Aquella muerte detuvo el reloj de los huesos y
del corazón de James cuando apenas contaba seis años de edad. Le arrancó las
ansias de crecer y se las llevó entre las fauces, igual que el cocodrilo
arrancó el brazo de Garfio. Ese día su
madre cerró las ventanas de su corazón, dejándole fuera. En todas sus biografías
se repite esa frase tremenda de Margaret, cuando escucha los pasos de James“¿Eres tú, David, es posible que seas tú?”... Y cuando ve al
pequeño, suspira y dice“…sólo eres tú…”
Aquel James solo, sólo James, sobrevivió inventando una
infancia no tanto perdida, como negada. Si la patria de un hombre es su niñez
entonces él, como Carroll, como K. Graham y Saint Exupery, como muchos otros,
escribió desde el exilio. El más amargo porque no hay retorno posible a los
lugares amados, a los seres y pensamientos que habitaron allí. Nunca Jamás, ése el nombre de la tierra
anhelada, el lugar donde la muerte es una gran aventura y no la indiferente
desgracia de una madre encerrada en su cuarto. Nunca Jamás, donde aún volamos
al ser felices y nuestros sentimientos pueden ser salvajes, libres e impunes...
Donde el tiempo sólo persigue a Garfio.
Quizá haya que girar en la segunda estrella a la derecha y
volar hasta el amanecer para llegar allí, pero James Barrie encontró su puerta
en los Jardines de Kensington por donde paseaba, quebradizo y diminuto,
sepultado en abrigos enormes, junto a Porthos, un San Bernardo que a su lado
aún parecía más descomunal. En aquellos jardines fue donde conoció a la pequeña
Margaret. Le llamaba fiendy, que con su lengua de trapo sonaba fwendy. Barrie sabía
que había que darse prisa, pues a los ocho
años, más o menos, los niños huyen de los jardines y no regresan
jamás.Cuando se los ve de nuevo ya son hombres y mujeres
que levantan el paraguas para llamar a un coche de punto. No fue el caso de Margaret, quien no
llegó a cumplir los seis.
La vida de Barrie, como tantas otras, es
un rosario de muertes prematuras, de historias silenciadas en su mismo
comienzo. La de David, la de Margaret, la de George, desaparecido a los
veintiún años en la ciénaga de barro y sangre que fue la Primera Guerra Mundial.
La de Michael, ahogado en el Támesis antes de cumplir los veinte… “Dealgún
modo, ése fue mi fin”, dijo entonces Barrie.
Pero me adelanto. Michael es aún ese niño de grandes ojos
que juega en el jardín, y el tic-tac del reloj que nos persigue apenas es
audible en esa tarde de juegos. Y todavía me adelanto. Aún más atrás, si
seguimos paseando por los Jardines de Kensington junto a Barrie y Porthos,
llegará el día en que conozcamos a los niños Llewelyn-Davis. En otro comienzo
magnético y magistral, el de El Pajarito Blanco, Barrie nos cuenta
cómo robó la familia que fue incapaz de crear por sí mismo…En
ocasiones ese chiquillo que me llama padre me trae una invitación de su
madre: "Le estaré muy agradecida si viene usted a visitarme”,dice... George y Michael, sus favoritos, y Jack, Peter
y Nicholas, sus hermanos, dieron la chispa de infancia primordial de la que surgió
Peter Pan. Él mismo le define así: la llama nacida de vosotros.
De todas sus páginas, de toda su belleza, me quedo con
la explicación más fidedigna de por qué ni Peter Pan ni James M. Barrie
crecieron. Peter porque siempre olvidaba, James porque nunca olvidó.
No fue el dolor sino la injusticia lo que desconcertó a Peter, dejándolo absolutamente indefenso. Se quedó mirando a Garfio, horrorizado. Todos los niños reaccionan así la primera vez que se les trata injustamente. Cuando un niño se nos acerca, a lo único que cree tener derecho es a la justicia. Si tratamos a un niño injustamente es posible que vuelva a tomarnos cariño, pero nunca volverá a ser el mismo. Nadie logra superar la primera injusticia; nadie, excepto Peter. (...) Creo que ésta era la verdadera diferencia entre él y los demás niños.
Conocí a William Blake (y a Tennyson) gracias a las citas con que Agatha Christie encabezaba algunos de sus libros. A veces, aunque no sea éste el caso, las citas son lo mejor de una novela. Así también fue como conocí a Cummings, con este verso que encabezaba un capítulo en un libro que nada tenía que ver con él: Los ojos de mis ojos están abiertos...
Menospreciamos el poder de las palabras, aunque a menudo sean lo único que tenemos. Cada una de ellas es un hechizo, siempre poderoso. Dices los ojos de mis ojos están abiertos... y de inmediato sabes que los has tenido cerrados durante demasiado tiempo.
Pero sí, hoy los ojos de mis ojos están abiertos, los oídos de mis oídos despiertan... Porque hoy es el cumpleaños de la tierra, dice, del sol, es el día en que nace la vida, el amor y las alas...Y yo, que estaba muerto estoy vivo hoy de nuevo... El poema se deshace letra a letra en pura alegría de vivir y empapa de Vida cuanto toca a su paso, transformándolo en aquello que cuenta. Gracias, Dios, por este día asombroso... Por todo lo que es infinito, es natural, lo que es Sí. Y al leerlo, por la propia magia de esas palabras, la gratitud llega y nos alza con su gozo de salmo.
Nos grita Confía en tu Corazón aunque los mares se incendien, y vive por Amor aunque las estrellas retrocedan... Nos habla de un amor que puede abrirnos y cerrarnos como la lluvia a las rosas. Nos hace bellos y dichosos y sabios mientras le leemos. Sus versos nos acucian: no temas a la muerte, ni al futuro; arroja lejos tus miedos y tus dudas porque también después es hasta, porque hay algo en el aire de la primavera que huele a jamás y a siempre.
Y porque siempre que los hombres tienen razón no son jóvenes...
Hoy he visto a la pequeña cerillera. No es pequeña ni vende fósforos. La veo encender una tras otra las llamas que le abrasan los dedos. Su resplandor ilumina el rostro desvencijado, el pelo tristemente pintado de amarillo. Extiende sus manos sobre el vientre y sonríe. Va a tener otro niño. Lo cuenta todo muy deprisa y se ríe mientras afirma que está loca. Aunque no lo está. Sólo profundamente perdida. Se ha lanzado a la vida como un coche sin frenos, como una locomotora que descarrila camino de un barranco: cada niño, un vagón más que conduce en ese viaje infernal hacia ninguna parte.
Te cuenta que le quiere, aunque él la trate mal. Luego rectifica. No es que la trate mal, es que la quiere a su manera. Claro, no podemos olvidar eso. Hay tantas maneras de querer... Quizá el abandono, el insulto, el desprecio, el golpe, entre en alguna de ellas. Otro fósforo se consume mientras lo piensa. Uno más. Me pregunto cuántos le quedan, cuánto miedo le da la noche inmensa que aguarda tras esas luces diminutas que enciende y apaga sin cesar.
George MacDonald con su hija Lilly. Fotografía de Lewis Carroll.
“Érase que se era una bruja que quería saberlo
todo.Se llamaba Watho y tenía un lobo dentro."
Por desgracia, no he leído muchas obras de George MacDonald.
Por fortuna, he leído "Niño de Sol, Niña de Luna", uno de los cuentos infantiles (me niego a entrecomillar infantiles, me parece una traición a la palabra) más hermosos que haya caído en mis manos.
Cuentan de George MacDonald que lloró desconsoladamente cuando, siendo niño, le explicaron la teoría de la predestinación; y que ya adulto y convertido en pastor calvinista, sus sermones sobre el Amor Universal de Dios por todas sus criaturas le valieron la reducción del salario y la desconfianza de su Iglesia; que afirmaba no escribir para niños, sino para los que son como niños... Pero todos estos datos están en la wiki. Yo no le conocí por esto, sino por el canto (no se me ocurre otra palabra) que C.S.Lewis le dedica a su obra Phantastes en Cautivado por la Alegría. Si alguna vez un lector ha agradecido un libro, creo que es Lewis en ese párrafo de inusitada belleza. Conocer a MacDonald no es la menor de las cosas que le debo. Por él llegué a los cuentos de un hombre que hace más de cien años animaba a los niños a que no olvidaran sus sueños, a que nunca se dejaran devorar por el lobo. Pues en su cuento, como en todos, habita un lobo terrible. Vive dentro de Watho, la bellísima bruja, y devora cuanto toca. Encierra a una pobre niña en una cueva y la priva de todo conocimiento, le enseña que la Noche es el Día, y que no existe más luz que la que él designa. En Nycteris, condenada a la oscuridad, la ignorancia y el encierro desde su niñez, MacDonald nos deja un estremecedor retrato del destino de las niñas en su tiempo. Pero también nos cuenta del ansia de vida, de la capacidad de superación, de la llegada de la libertad. El arrebato que siente Nycteris al salir por primera vez de su cueva a la verdadera noche es uno de los fragmentos más bellos de la literatura infantil del XIX.
“... cayó de rodillas y levantó sus brazos hacia la luna. Hubiera sido totalmente incapaz de decir lo que pasaba por su cabeza, pero aquel acto impulsivo era en realidad como una oración a la luna, una súplica para que siguiera siendo siempre lo que era: aquel increíble pero definido esplendor que alumbraba colgado de un techo distante, aquella gloria pura fundamental para la existencia de las pobres niñas nacidas y crecidas en una oscura cueva. Era como una resurrección para ella, pero no, era nacer, el nacimiento mismo. (...) ¡Tenía que almacenar todo aquel resplandor! ¡En qué pobre tonta la habían convertido sus carceleros! La vida era un festín maravilloso y a ella no le habían echado más que huesos y mondaduras...”
Pero además de ser un cuento tan hermoso, tiene para mí algo que ningún otro tiene. Me enseñó dónde vive el Lobo en realidad. El despiadado Lobo, el Lobo inhumano que nos habita.
“Niño
de Sol y Niña de Luna” Cuentos de
Hadas Victorianos. Editorial Siruela.