lunes, 1 de abril de 2013

Elizabeth Siddal, leyendo

Elizabeth Siddal Leyendo
Dante Gabriel Rossetti
Elizabeth Siddal sigue leyendo.

Después de más de cien años sigue leyendo sentada en su sillón de enferma, igual que aquel silencioso día en Hastings, el dos de junio de 1854. Se lleva, cansada, la mano al rostro  y un mechón de su cabello se escapa por un momento. Tiene los pies en el escabel, y Ford Maddox Brown susurra entusiasmado que está  "... más delgada, más cadavérica, más bella y más desmadejada que nunca".  

(But wise Christina says … One face looks from all his canvases,/  One selfsame figure sits or walks or leans…)

Hoy en Hastings el tiempo es húmedo y tibio, la luz pone sombras de lápiz seguro y apresurado en la larga falda, en el afilado rostro. Hoy, y ayer y mañana ella leerá y se trenzará el pelo, o mirará absorta, adormilada, extasiada, lejana siempre. Ahí está, así la seguimos viendo, tal y como Dante Gabriel la retrató cien y mil veces en incontables  Guggums, bocetos de belleza increíble  e instantánea. Desbordaban los cajones de mesas y escritorios, se apilaban en los rincones, llenaban todas las carpetas y los álbumes de esbozos pero aun hoy, cuando se venden y se compran como joyas,  no dejan de ser el patético testimonio de una obsesión devoradora.  
Una fascinación que emergió, ya tuberculosa, de la bañera donde posaba para Millais como una Ofelia demasiado turbadora para los decentes, cuyas mentes morbosas y obscenas la vieron obscena y morbosa. Lizzie recordaría toda su vida el pesado traje de brocado de plata que hubo de vestir, día tras día, húmedo y pegajoso como la mortaja que finalmente fue. Recordaría el día en que posó durante horas cuando ya se había apagado la estufa que calentaba el agua helada, el principio de su muerte.

(And wise Christina says… We found her hidden just behind those screens, / That mirror gave back all her loveliness…)

Porque, lánguida en todo, Lizzy no se tomó ninguna prisa a la hora de morir. Lo fue haciendo a sorbos, a pequeños pasos. En tardes de luz templada, como la de Hastings, en las mañanas brumosas y oscuras de Londres, moría a ratos y reaparecía luego, con el largo pelo azafranado más lleno de luz que nunca. El mismo pelo, recordaría, que hizo exclamar a Walter Deverell "Muchachos no creeréis que maravillosa criatura he encontrado…" Entonces, recordaba Lizzie, vendía sombreros y era muy joven y hermosa y muy frágil. Pero sólo era Lizzie. Sólo ella, ella misma, ni Ofelia, ni Beatriz, ni Ginebra, ni  la Doncella Asomada a los Balcones del Cielo. Sólo la pequeña e ignorante Lizzie Siddal.

(But wise Christina says …A queen in opal or in ruby dress/ A nameless girl in freshest summer-greens,/ A saint, an angel — every canvas means/ The same one meaning, neither more or less...)

Sólo Lizzie, piensa Lizzie. Pero eso fue antes, hace un esfuerzo por recordar, mucho antes del sillón de enferma de aquel día de Junio, en Hastings; antes del  empapado disfraz, de todos los rostros cambiantes sobre su rostro, antes de las infidelidades y de las promesas rotas. Antes de la enfermedad, del laúdano y del brandy. Eso piensa Lizzie y se desliza en silencio, de la vida a la muerte y a la vida de nuevo, meciéndose. Ahora lo entiende, ya lo ha comprendido. Ya sabe que lo ha perdido todo, hasta su nombre.

(And so, wise Christina says … He feeds upon her face by day and night,/ And she with true kind eyes looks back on him, / Fair as the moon and joyful as the light…)

Ni Ofelia, ni Isabella, ni Beatriz, ni Ginebra, se sentarán con ella a acunar durante horas la cuna vacía de la niña que no nació. No le darán la mano durante las noches de agonía, los días eternos en los que espera su regreso. Él se va, se hunde en la feracidad de Fanny Conforth, igual que buscará desesperadamente la inaudita y silenciosa belleza de Jane Burden, venerará la altivez de Alexia Wilding, y sigue  pintando a Lizzie. Y Lizzie escribe versos también, como los suyos, y grita en silencio lo que sabe. “Tu arte, ese árbol envenenado que me robó la vida”, dice, grita, bebe, acuna la niña que nunca nació.  Nadie la acompañará en las sombras en las que va a perderse, alumbrada sólo por sus cabellos de cobre y azafrán.

(But wise Christina knows …Not wan with waiting, not with sorrow dim…)


Y un día, al fin, reunió todos sus seres infinitos, todos los rostros que habían borrado el suyo y los dejó atrás. Se fue al lugar donde nuestros nombres son claros y todo se resume. Donde es ya para siempre Elizabeth Eleanor Siddall, 1829-1862.
La frágil y altiva Lizzie, sólo Lizzie, se llevó con ella la antorcha de su pelo, lo más vivo de su vida. Otros, El Otro, le pusieron versos manuscritos, poemas y recuerdos como almohada. Pero ella sólo necesitaba su pelo para alumbrar las sombras...

Cuando años más tarde abrieron su tumba, vieron que su cabello había seguido creciendo tras la muerte, tan dorado, espeso y hermoso que llenaba de oro el ataúd.
Como si aún estuviese leyendo, en ese dos de junio de 1854.


(And wise Christina ends …Not as she is, but was when hope shone bright; Not as she is, but as she fills his dream..)




Nota: una traducción aproximada del poema de Christina Rossetti, In An Artist's Studio, sería...
"Un rostro mira desde todos sus lienzos,/ La única y misma figura se sienta, camina o yace:/ La encontramos oculta tras los bastidores,/ Espejos que nos devuelven toda su gracia./ Una reina de ópalo y rubí ataviada,/ Una joven sin nombre en los más frescos verdes del estío,/ Una santa, un ángel –cada lienzo repite/ El único y mismo mensaje, nada más, nada menos./ Él devora su rostro de  día y  de noche, / Y ella con ojos cálidos  devuelve su mirada, /Bella como la luna, como la luz  alegre:/ Ni pálida de esperas, ni nublada de angustias;/ No como es, sino como ella era cuando la esperanza brillaba; / No como ella es, sino como sacia sus sueños"

domingo, 3 de marzo de 2013

Érase que se era...


 
Érase que se era una bruja que vivió esta mañana. Sus dominios se extienden desde la Sucia Terraza hasta la Puerta Rota del Norte, y en ellos reina sin compasión ni misericordia. Parió  y amamantó a sus súbditos antes de venderlos al mundo, consiguiendo una dulce cosecha de siervos.  Por eso, porque la merece, cada día al levantarse aceita su ralo pelo negro y se coloca su corona de harapos y ceniza.
La bruja que vivió esta mañana se cruzó con vosotros, pero no la vísteis. Posee un abrigo viejo, regalo de un trapero que pena en el purgatorio; cuando se lo pone nadie mira sus ojos, donde siempre está lo que ella es. Así atraviesa la ciudad, entra en las tiendas, habla con los ancianos abandonados al sol como si fuera uno de ellos. Pero los gatos y los niños huyen y lloran.
Las brujas no son seres hermosos. No son sabias, sólo astutas. No son fuertes, sólo amargas. De todo lo que el tiempo puede dar sólo tienen la decrepitud. Por eso odian cuanto es joven y aún tiene Esperanza.
Quizá Blancaflor aún tenga esperanzas, porque sólo tiene catorce años (la bruja que vivió esta mañana corrige, “catorce años y medio”); pero pronto desaparecerán. No habrá nada para ella en el festín de este mundo, salvo la cadena que las madres han tejido con tanto esmero, que los padres han vigilado con tal fiereza desde que el mundo es mundo y las niñas sólo niñas. No habrá para ella nada salvo la ignorancia y la brutalidad de un matrimonio que se ha llevado por delante su infancia y sus sueños.
La bruja no está satisfecha con una nuera tan joven, tan inútil para la casa. Cuando su hijo la llevó el primer día le palpó los brazos y el vientre como si estuviese esperando a que engordara un poco para arrojarla al horno y comérsela. Mientras llega ese momento ha decidido que deje el colegio, que ya sabe mucho y no necesita más.

Érase que se era una bruja que vivió esta mañana.

No es nada especial, hay tantas...




 








 

miércoles, 6 de febrero de 2013

Todos los niños crecen, menos uno...



Michael Llewelyn-Davies

Todos los niños crecen, menos uno...
Aunque es un comienzo magistral, no es cierto. Al menos hubo dos niños en toda la historia del mundo que no crecieron. Uno fue Peter Pan, claro. Y el otro, James M. Barrie.
No es una exageración decir esto. El pequeño James envejeció, pero no creció más allá del metro cuarenta y siete de estatura. Una mañana, tan sólo un día antes de su decimocuarto cumpleaños, su hermano David salió a patinar y ya no regresó. Aquella muerte detuvo el reloj de los huesos y del corazón de James cuando apenas contaba seis años de edad. Le arrancó las ansias de crecer y se las llevó entre las fauces, igual que el cocodrilo arrancó el brazo de Garfio. 

Ese día su madre cerró las ventanas de su corazón, dejándole fuera. En todas sus biografías se repite esa frase tremenda de Margaret, cuando escucha los pasos de James “¿Eres tú, David, es posible que seas tú?”... Y cuando ve al pequeño, suspira y dice “…sólo eres tú…”

Aquel James solo, sólo James, sobrevivió inventando una infancia no tanto perdida, como negada. Si la patria de un hombre es su niñez entonces él, como Carroll, como K. Graham y Saint Exupery, como muchos otros, escribió desde el exilio. El más amargo porque no hay retorno posible a los lugares amados, a los seres y pensamientos que habitaron allí.  Nunca Jamás, ése el nombre de la tierra anhelada, el lugar donde la muerte es una gran aventura y no la indiferente desgracia de una madre encerrada en su cuarto. Nunca Jamás, donde aún volamos al ser felices y nuestros sentimientos pueden ser salvajes, libres e impunes... Donde el tiempo sólo persigue a Garfio.

Quizá haya que girar en la segunda estrella a la derecha y volar hasta el amanecer para llegar allí, pero James Barrie encontró su puerta en los Jardines de Kensington por donde paseaba, quebradizo y diminuto, sepultado en abrigos enormes, junto a Porthos, un San Bernardo que a su lado aún parecía más descomunal.

En aquellos jardines fue donde conoció a la pequeña Margaret. Le llamaba fiendy, que con su lengua de trapo sonaba fwendy. Barrie sabía que había que darse prisa, pues a los ocho años, más o menos, los niños huyen de los jardines y no regresan jamás. Cuando se los ve de nuevo ya son hombres y mujeres que levantan el paraguas para llamar a un coche de punto. 

No fue el caso de Margaret, quien no llegó a cumplir los seis. 

La vida de Barrie, como tantas otras, es un rosario de muertes prematuras, de historias silenciadas en su mismo comienzo. La de David, la de Margaret, la de George, desaparecido a los veintiún años en la ciénaga de barro y sangre que fue la Primera Guerra Mundial. La de Michael, ahogado en el Támesis antes de cumplir los veinte… “De algún modo, ése fue mi fin”, dijo entonces Barrie.

Pero me adelanto. Michael es aún ese niño de grandes ojos que juega en el jardín, y el tic-tac del reloj que nos persigue apenas es audible en esa tarde de juegos. Y todavía me adelanto. Aún más atrás, si seguimos paseando por los Jardines de Kensington junto a Barrie y Porthos, llegará el día en que conozcamos a los niños Llewelyn-Davis. En otro comienzo magnético y magistral, el de El Pajarito Blanco, Barrie nos cuenta cómo robó la familia que fue incapaz de crear por sí mismo… En ocasiones ese chiquillo que me llama padre me trae una invitación de su madre: "Le estaré muy agradecida si viene usted a visitarme”, dice... George y Michael, sus favoritos, y Jack, Peter y Nicholas, sus hermanos, dieron la chispa de infancia primordial de la que surgió Peter Pan. Él mismo le define así: la llama nacida de vosotros. 





De todas sus páginas, de toda su belleza, me quedo con la explicación más fidedigna de por qué ni Peter Pan ni James M. Barrie crecieron.

Peter porque siempre olvidaba, James porque nunca olvidó.

No fue el dolor sino la injusticia lo que desconcertó a Peter, dejándolo absolutamente indefenso. Se quedó mirando a Garfio, horrorizado. Todos los niños reaccionan así la primera vez que se les trata injustamente. Cuando un niño se nos acerca, a lo único que cree tener derecho es a la justicia. Si tratamos a un niño injustamente es posible que vuelva a tomarnos cariño, pero nunca volverá a ser el mismo. Nadie logra superar la primera injusticia; nadie, excepto Peter. (...) Creo que ésta era la verdadera diferencia entre él y los demás niños.


  




jueves, 24 de enero de 2013

Los Ojos de mis Ojos están abiertos.


 
 
 
Conocí a William Blake (y a Tennyson) gracias a las citas con que Agatha Christie encabezaba algunos de sus libros. A veces, aunque no sea éste el caso, las citas son lo mejor de una novela. Así también fue como conocí a Cummings, con este verso que encabezaba un capítulo en un libro que nada tenía que ver con él: Los ojos de mis ojos están abiertos...
Menospreciamos el poder de las palabras, aunque a menudo sean lo único que tenemos. Cada una de ellas es un hechizo, siempre poderoso. Dices los ojos de mis ojos están abiertos... y de inmediato sabes que los has tenido cerrados durante demasiado tiempo.
Pero sí, hoy los ojos de mis ojos están abiertos, los oídos de mis oídos despiertan... Porque hoy es el cumpleaños de la tierra, dice, del sol, es el día en que nace la vida, el amor y las alas...Y yo, que estaba muerto estoy vivo hoy de nuevo... El poema se deshace letra a letra en pura alegría de vivir y empapa de Vida cuanto toca a su paso, transformándolo en aquello que cuenta.  Gracias, Dios, por este día asombroso... Por todo lo que es infinito, es natural, lo que es Sí. Y al leerlo, por la propia magia de esas palabras, la gratitud llega y nos alza con su gozo de salmo.
Nos grita Confía en tu Corazón aunque los mares se incendien, y vive por Amor aunque las estrellas retrocedan...  Nos habla de un amor que puede abrirnos y cerrarnos como la lluvia a las rosas. Nos hace bellos y dichosos y sabios mientras le leemos. Sus versos nos acucian: no temas a la muerte, ni al futuro; arroja lejos tus miedos y tus dudas porque también después es hasta, porque hay algo en el aire de la primavera que huele a jamás y a siempre.
Y porque siempre que los hombres tienen razón no son jóvenes...
 
 

domingo, 13 de enero de 2013

La pequeña cerillera

 
 
 
Hoy he visto a la pequeña cerillera. No es pequeña ni vende fósforos. La veo encender una tras otra las llamas que le abrasan los dedos. Su resplandor ilumina el rostro desvencijado, el pelo tristemente pintado de amarillo. Extiende sus manos sobre el vientre y sonríe. Va a tener otro niño. Lo cuenta todo muy deprisa y se ríe mientras afirma que está loca. Aunque no lo está. Sólo profundamente perdida. Se ha lanzado a la vida como un coche sin frenos, como una locomotora que descarrila camino de un barranco: cada niño, un vagón más que conduce en ese viaje infernal hacia ninguna parte.
Te cuenta que le quiere, aunque él la trate mal.  Luego rectifica. No es que la trate mal, es que la quiere a su manera. Claro, no podemos olvidar eso. Hay tantas maneras de querer... Quizá el abandono, el insulto, el desprecio, el golpe, entre en alguna de ellas. Otro fósforo se consume mientras lo piensa. Uno más. Me pregunto cuántos le quedan, cuánto miedo le da la noche inmensa que aguarda tras esas luces diminutas que enciende y apaga sin cesar. 
Enciende y apaga.
Enciende y se apagan.

Se apagan.



miércoles, 26 de diciembre de 2012

... Y tenía un lobo dentro

George MacDonald con su hija Lilly. Fotografía de Lewis Carroll.
 
“Érase que se era una bruja que quería saberlo todo.Se llamaba Watho y tenía un lobo dentro." 
 
Por desgracia, no he leído muchas obras de George MacDonald.
Por fortuna, he leído "Niño de Sol, Niña de Luna", uno de los cuentos infantiles (me niego a entrecomillar infantiles, me parece una traición a la palabra) más hermosos que haya caído en mis manos.
Cuentan de George MacDonald que lloró desconsoladamente cuando, siendo niño, le explicaron la teoría de la predestinación; y que ya adulto y convertido en pastor calvinista, sus sermones sobre el  Amor Universal de Dios por todas sus criaturas le valieron la reducción del salario y la desconfianza de su Iglesia; que afirmaba no escribir para niños, sino para los que son como niños... Pero todos estos datos están en la wiki. Yo no le conocí por esto, sino por el canto (no se me ocurre otra palabra) que C.S.Lewis le dedica a su obra Phantastes en Cautivado por la Alegría. Si alguna vez un lector ha agradecido un libro, creo que es Lewis en ese párrafo de inusitada belleza. Conocer a MacDonald no es la menor de las cosas que le debo. Por él llegué a los cuentos de un hombre que hace más de cien años animaba a los niños a que no olvidaran sus sueños, a que nunca se dejaran devorar por el lobo. 
Pues en su cuento, como en todos, habita un lobo terrible. Vive dentro de Watho, la bellísima bruja, y devora cuanto toca.  Encierra a una pobre niña en una cueva y la priva de todo conocimiento, le enseña que la Noche es el Día, y que no existe más luz que la que él designa. En Nycteris, condenada a la oscuridad, la ignorancia y el encierro desde su niñez, MacDonald nos deja un estremecedor retrato del destino de las niñas en su tiempo. Pero también nos cuenta del ansia de vida, de la capacidad de superación, de la llegada de la libertad. 
El arrebato que siente Nycteris al salir por primera vez de su cueva a la verdadera noche es uno de los fragmentos más bellos de la literatura infantil del XIX.
 
“... cayó de rodillas y levantó sus brazos hacia la luna. Hubiera sido totalmente incapaz de decir lo que pasaba por su cabeza, pero aquel acto impulsivo era en realidad como una oración a la luna, una súplica para que siguiera siendo siempre lo que era: aquel increíble pero definido esplendor que alumbraba colgado de un techo distante, aquella gloria pura fundamental para la existencia de las pobres niñas nacidas y crecidas en una oscura cueva. Era como una resurrección para ella, pero no, era nacer, el nacimiento mismo. (...) ¡Tenía que almacenar todo aquel resplandor! ¡En qué pobre tonta la habían convertido sus carceleros! La vida era un festín maravilloso y a ella no le habían echado más que huesos y mondaduras...”

Pero además de ser un cuento tan hermoso, tiene para mí algo que ningún otro tiene.
Me enseñó dónde vive el Lobo en realidad.
El despiadado Lobo, el Lobo inhumano que nos habita.






 



 “Niño de Sol y Niña de Luna”  Cuentos de Hadas Victorianos. Editorial Siruela.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Hard Times Come Again No More


  
 
"Les digo a ustedes que la verdadera esencia del comercio competitivo es el despilfarro, el despilfarro que se deriva de la anarquía de la guerra. No se dejen engañar por esa apariencia externa de orden de nuestra sociedad plutocrática. Sucede con ese orden como con las formas de guerra antiguas, que se presentan rodeadas de una apariencia externa de orden sereno y maravilloso. ¡Cuán pulcro y reconfortante es el rítmico desfile de un regimiento! ¡Qué aspecto más tranquilo y digno ofrecen los sargentos! ¡Cuán pulido el cañón! Limpios, como broche nuevo, están los almacenes de la muerte; los libros del ayudante y del sargento muestran un aspecto inocente; más aún, las mismas órdenes de destrucción y pillaje se dictan con una serena precisión, que se diría el símbolo mismo de una buena conciencia. Ésta es la máscara que se alza sobre trigales devastados y chozas en llamas, cuerpos mutilados, muertes intempestivas de hombres valerosos y hogares desolados. Todo ello, resultado del orden y la sobriedad que es el rostro que los soldados civilizados nos muestran a quienes nos quedamos en casa; nos lo han dicho tan a menudo y con tanta elocuencia que deberíamos tomarlo en consideracion; demasiadas veces nos han mostrado el otro lado de la gloria bélica, y no se nos puede mostrar con demasiada frecuencia  ni con demasiada elocuencia. Pese a todo, digo que una máscara semejante es la que lleva el comercio de competencia, con su orden respetable y relamido, sus palabras acerca de la paz y de los beneficios de la comunicación entre los países, y cosas semejantes; y mientras tanto emplea toda su energía, toda su precisión organizada, para una sola cosa: para arrancar los medios de vida a los demás..."
William Morris, (1834-1896)
 
Extracto de El Arte Bajo la Plutocracia, conferencia pronunciada en el University College (Oxford), el 14 de Noviembre de 1883.
 
Gracias a Pepitas de Calabaza ed., por esta recopilación. "William Morris: Cómo vivimos y cómo podríamos vivir. Trabajo útil o Esfuerzo Inútil. El Arte bajo la Plutocracia." 2004.